sábado, 20 de junio de 2015

feliz dia de la bandera

La bandera argentina fue izada por primera vez el 27 de febrero de 1812 a orillas del río Paraná por el General Manuel Belgrano. Se dice que su creador se inspiró en el tono del cielo o en el del manto de la Virgen para la elección de los colores, pero en realidad fueron el celeste y el blanco de la escarapela (que ya se utilizaba en ese momento) los que finalmente se plasmaron en el pabellón nacional.
El 20 de julio de 1816 el Congreso adoptó oficialmente la bandera diseñada por Belgrano como símbolo patrio. En el año 1918 se le agregó un sol sobre la franja blanca para ser utilizada en caso de guerra. En 1938 se declaró el 20 de junio como Día de la Bandera y feriado nacional, en homenaje a su creador, fallecido el 20 de junio de 1820.
El 20 de junio de 1820 moría en Buenos Aires Manuel Belgrano en la pobreza extrema, asolado por la guerra civil. Además de ser el creador de la bandera, Belgrano fue uno de los más notables economistas argentinos, precursor del periodismo nacional, impulsor de la educación popular, la industria nacional y la justicia social, entre otras muchas cosas.
Las ideas innovadoras de Belgrano quedarán reflejadas en sus informes anuales del Consulado. Hemos elegido para recordarlo en esta fecha una de sus preocupaciones centrales en materia económica: el fomento de la agricultura y de la industria.
Belgrano desconfiaba de la riqueza fácil que prometía la ganadería porque daba trabajo a muy poca gente, no desarrollaba la inventiva, desalentaba el crecimiento de la población y concentraba la riqueza en pocas manos. Su obsesión era el fomento de la agricultura y la industria.
El secretario del Consulado proponía proteger mediante la subvención las artesanías e industrias locales. Consideraba que “la importación de mercancías que impiden el consumo de las del país o que perjudican al progreso de sus manufacturas, lleva tras sí necesariamente la ruina de una nación”.
En Memoria al Consulado 1802 presentó todo un alegato industrialista: “Todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus estados a manufacturarse, y todo su empeño es conseguir, no sólo darles nueva forma, sino aun atraer las del extranjero para ejecutar lo mismo. Y después venderlas”. Y más tarde insistiría: “Ni la agricultura ni el comercio serían casi en ningún caso suficientes a establecer la felicidad de un pueblo si no entrase a su socorro la oficiosa industria”.

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