sábado, 23 de junio de 2018

El 19 de noviembre de 1882 las "Lomas de la Ensenada" se vieron pobladas de gente que viajó desde todo el país para un acontecimiento único: la fundación de la ciudad de La Plata. Así como para esta fecha hubo importantes presencias, también hubo muchas ausencias: no estuvieron muchos ministros nacionales ni el presidente Julio A. Roca, dejando al descubierto su enemistad política con Dardo Rocha, quien aspiraba a llegar a la presidencia al darle a Buenos Aires una nueva capital.
En el centro de lo que hoy es Plaza Moreno se colocó la piedra fundamental de La Plata sobre una caja de plomo que llevaba en su interior varios elementos: una copia del plano de la ciudad, diarios de la época, un texto del fundador, botellas de vino, monedas y medallas. Tras el acto de inauguración comenzaron los festejos. Se había preparado un edificio de madera con capacidad para 350 comensales en donde los funcionarios tuvieron un gran banquete que duró varias horas, pero el resto de las 3000 a 4000 personas que habían asistido al acto no lo pasaron tan bien. Para ellos se habían dispuesto carpas a lo largo de avenida 51, y se organizó un asado popular que terminó en un gran fracaso debido a que la carne se echó a perder por el sofocante calor de esa jornada, en la que también se cuenta había una polvareda cegadora. Ni siquiera el agua era suficiente en un día de tanto calor, tal como lo narraba un cronista del diario La Nación: "Aquello no fue una fiesta sino un martirio... con decir que hasta el agua se vendía... Se llegó a cobrar cinco pesos por un vaso de este líquido, y a pagarlos con gusto los que lo conseguían". Debido a estos sucesos, se corrió la voz de que la fundación de La Plata había sido saboteada por los enemigos de Dardo Rocha, liderados por el presidente Roca, quien intentó ponerlo en ridículo para arruinar su carrera política.
Hacia la noche comenzó a llover, y en medio de la tormenta la gente emprendió su regreso a la ciudad de Buenos Aires cruzando caminos llenos de barro, para luego viajar en trenes que salieron con varias horas de retraso de la estación de La Plata (actualmente Estación Tolosa). Según el mito, algunas de estas personas se quedaron para tomar venganza contra Dardo Rocha por haberlos hecho pasar una mala jornada, y luego de buscar a una bruja local, regresaron al sitio donde se había enterrado la piedra fundamental. Una vez allí profanaron el lugar, robando monedas, destruyendo documentación y tomando las botellas de vino.
Esta historia es retratada en la novela “France-Ville: La ciudad maldita”:
“Cuando alcancé otra vez al grupo, ya se estaba profanando el cofre que se había enterrado esa misma tarde. Mis superiores no pudieron o no quisieron, retener a los más excitados quienes afanados por descubrir lo que celosamente se había guardado, rompieron objetos y provocaron unos minutos de gran desorden. Todos querían algo, violentamente se disputaron cada pieza, muy en especial las medallas y monedas que consideraban de oro y plata. Pronto se armó una bataola de proporciones. Uno de mis superiores tuvo que extraer un revólver y disparar un tiro al aire para calmar los ánimos. Y les dijo que mataría al que no obedeciera o al que alguna vez hablara de lo ocurrido. Los hizo retirar a todos unos cuantos metros y salir del pozo a los que allí estaban, luego eligió a unos pocos para enmendar el desorden.”
Según el mito, tras saquear la piedra estas personas junto a la bruja comenzaron un ritual para maldecir a la ciudad, sus pobladores y su fundador. Dieron varias vueltas en sentido antihorario alrededor de la piedra, recitando la maldición (que luego sería conocida como "la maldición de los gobernadores") para asegurarse que el gobernador Dardo Rocha no ganara las elecciones presidenciales, como tampoco ninguno de los que lo sucedieran en el cargo.
Cien años después la piedra fundamental fue abierta y se aclararon las sospechas: no había ninguna botella, varias de las monedas y medallas no estaban, y de los documentos en papel poco se pudo rescatar. Si bien la versión oficial explica que la falta de documentos se debió a una filtración de agua, muchos creen que Julio A. Roca hizo desaparecer el acta fundacional ya que en ella se mencionaba al Gran Arquitecto del Universo (G.·. A.·. D.·. U.·.), aclarando el origen masónico de la ciudad de La Plata.

ciudad generosa

 de noviembre 1882, el pleito entre Capital Federal y las Provincias parece que, por fin, conoce su agonía. La solución se llama La Plata. La leyenda asegura –casi sin titubear– que José Hernández la bautizó. El Gobernador de Buenos Aires, Dardo Rocha, mitrista, liberal y antirrosista de carrera, toma la posta y, en la costilla derecha de la pampa, clava la Piedra Fundamental. Más precisamente en las lomas de Ensenada. La generación del 80 pone su paladar ilustrado. Luces, orden y pour la galerie: los ingredientes del experimento. El ingeniero Pedro Benoit arrima los planos. La flamante urbe sigue la estela de Washington: es meticulosamente pensada antes de ser construida, poblada y vivida. Hay utopías que, por su profunda ambición, necesitan ser planificadas. Art noveau, petit hotel, neogótico, barroco, neorromanticismo, neoclasicismo: el eclecticismo pinta el cuadro. ¿Algunas pruebas? El Palacio Municipal, La Casa de Gobierno, La Catedral, La Legislatura, El Ministerio de Seguridad: “todas joyas patricias de amor”, carraspearía un pelado entrerriano. El viejo continente también pone el sudor (y la sangre). Proletarios de Alemania, España, Italia y Francia martillan esta esperanza arquitectónica. Las mazas incluyen conciencia de clase. Anarquistas, comunistas y socialistas forman contubernios, logias y sindicatos clandestinos por las noches. Planean el asalto a los cielos, esa misión que en su tierra natal continúa siendo un espejismo lejano. Acá es posible. Acá todo huele a vanguardia. Acá la historia aparenta más ansiosa. “La Plata no es solamente una ciudad. Es la expresión urbana de un impulso de progreso, de un sentido optimista, triunfalista, que era el meridiano de la época y daba el aire usual a los argentinos de entonces”, derramó alguna vez la pluma de Félix Luna.
Pero no todos son claveles en las diagonales. También hay magia negra pululando por el Eje Monumental. La Bruja Tolosana, ferviente militante de Julio Argentino Roca, maldice a la flamante metrópoli. Como cuenta Claudia Piñeiro en su último libro, “Las Maldiciones”, el rito culmina con la “arpía” orinando sobre la Piedra Fundamental. El conjuro anula la ambición del fundador Rocha, principal competidor del hombre de la conquista del desierto en la carrera a la Casa Rosada, y la de todos los gobernadores bonaerenses que lo sucedieron. “La maldición de Alsina” se tragará la codicia política de innumerables mandatarios provinciales: Bernardo de Irigoyen, Carlos Tejedor, Marcelino Ugarte, Manuel Fresco, Domingo Mercante, Antonio Cafiero, por soltar algunos de los apellidos que se quedaron sin bronce. Su última víctima, bien fresquita, Daniel Scioli. “Cosas de hechicería desafortunada”, consolaría un hijo de la casa, un tal Patricio Rey.
El siglo XX se despereza con la fundación de la Universidad Nacional de La Plata. Otro cráneo de la Generación del 80, Joaquín V. González, es el encargado de cortar la cinta. Alrededor de la casa de estudios, la cultura germina. Por las anchas veredas de “La Atenas de América” –como la canonizó el escritor dominicano Pedro Henríquez Ureña–, se mezclan poetas, pintores, músicos, escultores y otros vagos de la Bohème. Los versos de Francisco López Merino, Pedro Bonifacio Palacios (más conocido como “Almafuerte”) y Pedro Mario Delheye riman con los aromas de los naranjos, las acacias y los tilos. El cubismo parisino manotea un pincel platense denominado Emilio Pettoruti. Albert Einstein da cátedra en el Teatro Argentino. El fino bigote de Alfredo Palacios busca, por aquí y por allá, mecenas para su socialismo utópico. Con 24 años, y gracias a los consejos de su íntimo amigo, Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges tritura su timidez y brinda su primera conferencia en público. Los estrados de la UNLP tienen el honor. A metros, en las puertas del bosque, Le Corbusier deja su única huella modernista en América Latina, la Casa Curutchet. Los intelectos agudos de Alejandro Korn, Carlos Sánchez Viamonte, Ezequiel Martínez Estrada y John William Cooke sacuden –por izquierda y por derecha– todas las bibliotecas. Acá el pensamiento esquiva la zona de confort. Todo es posible, a tal punto que Benito Lynch, entre torres, masones, túneles y cemento por doquier, desenfunda el facón de la literatura gauchesca. Cada esquina irradia una belleza inconmensurable. Cada vereda esconde un secreto vital. “La ciudad invita, en su sentido más literal y también en su sentido más literario, al divague, a la deriva, al paseo sin brújula, a una cierta elegante vagancia”, brinda el autor del “Sobretodo metafísico”, Daniel Krupa. Sin duda, como estampó aquel orfebre de las palabras llamado Gustavo García Saraví: “En esta ciudad, las estatuas caminan.”
Corren los esquizofrénicos años setenta. Un cielo oscuro se posa sobre la ciudad. La noche promete ser larga. Hace un puñado de meses la provincia está bajo el uniforme del General Ibérico Manuel Saint-Jean. El aire está espeso. Cuesta respirar, caminar y, sobre todo, pensar. Estudiantes de clase media, que apenas arañan los diecisiete almanaques, traen algunas ráfagas de libertad. Los mocosos, en vísperas de la primavera de 1976, marchan por el boleto estudiantil. Inquietos. Desfachatados. Hay caudillitos de varias escuelas: el Colegio Nacional “Rafael Hernández”, el Bellas Artes y la Escuela Normal Nº3, cunas de las cabezas más indómitas del país. El grito juvenil es silenciado con picanas eléctricas (aplicadas a los genitales, la boca y las encías), sogas al cuello y pinzas que arrancan las uñas de un solo tirón. Made in Escuela de las Américas. By Henry Kissinger. Héctor Olivera, años después, convierte el dolor en arte con el filme “La noche de los lápices”. Pero los guardapolvos no están solos: los botines están con ellos. La Plata Rugby Club arrincona el prejuicio de que la ovalada es elitista, frívola y hermética. Veinte rugbiers de la institución de Gonnet dejan sus lujos, sus terceros tiempos y sus vidas por la revolución (socialista, comunista, maoísta, leninista o peronista). Sánchez Viamonte, Jorge Moura (hermano de Federico, Marcelo y Julio) Hernán Roca, Pablo Balut, Mariano Montequín y Otilio Pascua, entre otros imberbes, pasan a formar parte de las 30.000 almas que caminan, hasta hoy, por las paredes de nuestra memoria. Y acá no hay clásicos ni rivalidades: jugadores de otros clubes, como San Luis, Los Tilos y Universitario, también caen en las garras de Ramón Camps, Miguel Etchecolatz y sus discípulos de la CNU . Ante tanto tormento, el Teatro Argentino no calla: el 18 de octubre de 1977, este refugio ecuménico de arte lírico queda hecho cenizas después de un misterioso incendio. Es su manera de decir basta. Recién en democracia la cultura recién recupera todas las cuerdas vocales. Su venganza tiene estilo, melodía y éxtasis. La Plata pare a dos de las bandas más rupturistas de Sudamérica, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y Virus. La ciudad ostenta los parlantes más potentes del rock nacional de los ochenta. “Pequeña Babilonia”, titulará un documental dirigido, décadas después, por Hernán Moyano. Como cincela el poeta Rafael Oteriño, ellos, los músicos, “son como esos pájaros del amanecer que una luz, casi dorada, despierta. Hojas de papel, paredes blancas: escudos contra la desaparición
Abril de 2013, la ciudad es un acuario a oscuras. El agua toma rápido confianza: ya mide casi dos metros. En menos de 120 minutos, han caído 400 milímetros. Por una esquina de La Loma desfilan árboles, autos, sillones, televisores, tostadoras y cadáveres. Sí, la sudestada arrastra todo. No discrimina. A la morgue llegan cuerpos anónimos. La Plata tiene el déjà vu más temido. Algunos familiares, en la desesperación, balbucean “desaparecido”. A modo de catarsis, las cloacas escupen toneladas de basura. Hasta el músculo obrero de Tolosa cae vencido. El barrio de las mil casas está cubierto de residuos. En un par de recovecos de la urbe hay saqueos, robos y entraderas. La miseria destapa más miseria. Pero es solo una foto en blanco y negro, la postal es otra: estudiantes, padres, jubilados, desempleados, profesionales e inundados llevando y trayendo frazadas, ropa, comida, agua, lavandina. Todos arremangados. Todos codo a codo. “El fuego que hemos construido”, ayuda Santiago Motorizado. El día después dura hasta hoy. Los ecos de la tragedia siguen hablando. El gris postarmagedón quedó impregnado en la ciudad. El pesimismo tomó las riendas del paisaje. En cada paredón, plaza, negocio o persiana están marcados los colmillos del abandono, la desidia y la apatía. Baches, tránsito, colapso, ruido, especulación inmobiliaria y otros chiches posmodernos se se reproducen, copan la rutina: erigen la capital del malhumor. ¿”Destino circular”? La cultura niega con la cabeza, se calza su traje más subversivo y sale como en las épocas más sombrías a dar batalla. Desde los escritorios, se alistan José Supera, Silvia Montenegro, Leopoldo Brizuela, Daniel Krupa. Desde la rockola, cargan El Mató a un Policía Motorizado, Estelares, Guasones, Un Planeta, Pérez, Mostruo!, Señor Tomate. Desde los escenarios, se preparan Diego Aroza, Gastón Marioni, Blas Arrese Igor. Desde las fronteras de la ley, resisten más de 130 centros culturales. Entre otros. Entre otros muchos más que entonan: “A la vida hay que hacerle el amor, sin drama como por invasión; jugar con la imaginación, sin tener que pedir perdón. Hay que salir del agujero interior.”