miércoles, 22 de abril de 2015

la nerona entregadora

A siete meses del final de la era kirchnerista, la presidenta Cristina Fernández no solamente está decidida a complicar al gobierno que viene. Ahora quiere profundizar la entrega de los recursos naturales de nuestro país, condicionando las próximas generaciones de argentinos.
Una clara muestra de ello es la visita que la primera mandataria comenzó en Rusia. La presidenta llegó ayer a la tierra de los zares a media mañana y tiene previsto reunirse con su par Vladimir Putin, uno de los presidentes más polémicos del planeta.
El gobierno que durante años se llenó la boca hablando de los derechos humanos, mientras hay miles de argentinos que padecen hambre y todos los días hay niños que mueren por causas evitables, está terminado su gestión haciendo negocios oscuros con una administración gubernamental que está seriamente cuestionada por reducir las libertades individuales a su mínima expresión.
La excusa que informó la Casa Rosada para justificar el viaje a Rusia es que el encuentro entre CFK y Putin servirá para “profundizar las relaciones bilaterales y ampliar los acuerdos rubricados” entre los dos países en ocasión de la visita del mandatario ruso a la Argentina en julio del año pasado. Por ejemplo, durante el cónclave que se desarrollará en el Kremlin, tratarán los temas de la agenda bilateral donde figuran convenios de cooperación en energía nuclear, un incremento en el intercambio comercial y la intención de unificar las cifras de la balanza comercial.
Junto a Cristina viajó una nutrida comitiva conformada por auténticos obsecuentes y aplaudidores: el canciller Héctor Timerman; el secretario de Legal y Técnica, Carlos Zannini; el ministro de Defensa, Agustín Rossi, la de Industria, Débora Giorgi, y el secretario de Comunicación Pública, Alfredo Scoccimarro; además del presidente del Banco Nación, Juan Ignacio Forlón.
La realidad, como siempre ocurre con las falacias del relato K, es mucho más compleja de lo que dice el gobierno. Concretamente, a cambio de supuestas inversiones que tapen algunos de los enormes baches fiscales que ha ocasionado la política económica del kirchnerismo, la Argentina le entregará en bandeja parte de su soberanía a los rusos permitiendo que se queden con una porción de Vaca Muerta, uno de los yacimientos de petróleo y gas no convencional más importantes del planeta. En esa zona ya están instalados los chinos, que se encuentran construyendo una estación espacial que tendrá fines militares (ver página 4).
La movida, a su vez, podría tener enormes consecuencias geopolíticas para la Argentina. Ocurre que, difícilmente, los Estados Unidos acepten mansamente que en el Cono Sur, en su patio de atrás, se desarrolle un enclave ruso y chino, países que son sus principales rivales en el plano internacional. El pacto con Rusia, a su vez, se suma al verdadero papelón que hizo la Presidenta en la cumbre de la Américas cuando salió a cuestionar abiertamente la vocación imperial de Estados Unidos, en momentos en que el presidente Barack Obama y su par cubano Raúl Castro concretaban un entendimiento histórico que podría significar, en un plazo no muy lejano, el fin del bloqueo que sufre la isla.
En rigor, al gobierno K el único aliado que le queda en el continente es el gobierno de Venezuela, que se ha convertido en una suerte de régimen, con opositores que son encarcelados, en un contexto de extrema violencia política y social. El chavismo es el espejo en que el kirchnerismo ha decidido reflejarse, en todo sentido, para atravesar la recta final de su gestión. Por eso no es casualidad que tengamos una de las inflaciones más altas del mundo (solamente superada por Venezuela en América Latina) y una ola de inseguridad que no da tregua, que crece producto de situaciones de pobreza e indigencia que se expanden como una mancha de aceite.

Si realmente el gobierno tuviera una mínima dosis de ética y civilidad, debería evitar sellar acuerdos como los que está tejiendo por estas horas, que trascenderán su gestión y tendrán consecuencias por décadas. En todo caso, debería ser quien resulte electo como nuevo presidente, que llegará con el respaldo del voto popular (recordemos que el kirchnerismo, en 2013, recibió una paliza electoral), quien debería definir como estarán conformadas las alianzas estratégicas en el plano internacional.
Claroscuros económicos
El panorama económico en Rusia está alejado de las épocas de gran esplendor. Si bien sigue siendo una potencia militar y tiene mucho peso geopolítico, la economía presenta algunas contradicciones:
-Se estima que el PBI se contraerá hasta un 5% este año, y la inflación se ha disparado. Putin prometió que la economía volverá a crecer en dos años.
-Alrededor de la mitad de los ingresos del gobierno de Rusia proviene de las exportaciones de petróleo y gas. Cuando el petróleo se hundió desde más de 100 dólares por barril a la mitad en el segundo semestre de 2014, Rusia vio miles de millones de dólares borrados de su presupuesto.
-Falta de divisas: en represalia por las sanciones de Occidente (a raíz del conflicto en Ucrania), Rusia introdujo una prohibición casi total de las importaciones de alimentos occidentales, impulsando aún más la inflación. Los precios de los alimentos se han disparado hasta en 30% desde el comienzo de 2014, y su Banco Central espera que los precios suban en general entre el 12% y 17% este año.
-A pesar del crecimiento de la pobreza, algunos inversores al parecer creen que ahora es momento de invertir en Rusia. Los mercados financieros de ese país están más tranquilos de lo que estaban, y los índices bursátiles locales se han recuperado con fuerza este año.
-La moneda rusa (Rublo) se ha estabilizado gracias a los precios del petróleo más regulares, y se recuperó frente a la divisa norteamericana. En enero de 2014, un dólar compraba 33 rublos rusos; en diciembre, 80 rublos. Ahora vale 50 rublos.


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